
Para mí, todo desencanto es una enfermedad que, desde luego, puede ser inevitable debido a las circunstancias, pero que, aun así, cuando se presenta hay que curarla tan pronto como sea posible, y no considerarla como una forma superior de sabiduría.
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Es puro sentimentalismo pretender extraer de la desgracia, como hacen algunos, hasta la última gota de sufrimiento. Naturalmente, no niego que uno pueda estar destrozado por la pena; lo que digo es que hay que hacer lo posible por escapar de ese estado y buscar cualquier distracción, por trivial que sea, siempre que no sea nociva o degradante. (...) Lo que hay que hacer no es destruir el pensamiento, sino encauzarlo por nuevos canales.
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Todo placer que no perjudique a otras personas tiene su valor. Yo, por ejemplo, colecciono ríos: me produce placer haber bajado por el Volga y subido por el Yangsté, y lamento mucho no haber visto aún el Amazonas y el Orinoco. Por simples que sean estas emociones, no me avergüenzo de ellas.
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Las conversaciones y los libros de algunos de mis amigos casi me han hecho llegar a la conclusión de que la felicidad en el mundo moderno es ya imposible. Sin embargo, he comprobado que esa opinión tiende a desintegrarse ante la introspección, los viajes al extranjero y las conversaciones con mi jardinero.
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Uno debe respetar la opinión pública lo justo para no morirse de hambre y no ir a la cárcel, pero todo lo que pase de ese punto es someterse a una tiranía innecesaria.
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Existe la cómoda idea de que el genio siempre logra abrirse camino; y apoyándose en esta doctrina, mucha gente considera que la persecución del talento juvenil no puede hacer mucho daño. Pero no existe base alguna para aceptar esa idea. Es como la teoría de que siempre se acaba descubriendo al asesino. Evidentemente, todos los asesinos que conocemos han sido descubiertos, pero ¿quién sabe cuántos más puede haber de los que no sabemos nada?
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No sólo es cuestión de salir a flote del modo que sea, sino de salir a flote sin quedar amargado y falto de energías.
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No estar en armonía con el propio entorno es una desgracia, de acuerdo, pero no siempre es una desgracia que haya que evitar a toda costa. Cuando el entorno es estúpido, lleno de prejuicios o cruel, no estar en armonía con él es un mérito.
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El aislamiento no sólo es una fuente de dolor, sino que además provoca un enorme gasto de energía en la innecesaria tarea de mantener la independencia mental frente a un entorno hostil.
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El hombre racional ve sus propios actos indeseables, igual que ve los de los demás, como actos provocados por determinadas circunstancias y que deben evitarse, bien por el pleno conocimiento de que son indeseables, o bien, cuando es posible, evitando las circunstancias que los ocasionaron.
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El instinto natural del hombre y de otros animales es investigar a todo desconocido de su misma especie, con el objeto de decidir si debe tratarle de modo amistoso u hostil. Este instinto tiene que ser reprimido por los que viajan en metro a las horas punta, y el resultado de la inhibición es que sienten una rabia difusa y general contra todos los desconocidos con los que entran en contacto involuntario.
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Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues sólo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.
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El sabio será todo lo feliz que permitan las circunstancias, y si la contemplación del universo le resulta insoportablemente dolorosa, contemplará otra cosa en su lugar.
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Lo que un hombre cree con toda su razón cuando tiene fuerzas debería ser la norma de lo que le conviene creer en todo momento.
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de La conquista de la felicidad.
trad. de J.M. Ibeas.
Foto: Parque Rodó, Montevideo.